ESCRITORES
Errebe
dedicado a toda esa gente que no puede dejar pasar las cosas sin escribirlas


lunes, julio 25, 2005  

Tan inexplicablemente como alguna vez comencé este blog, hoy lo retomo, "con ansias renovadas" y una razonable cuota de fe en algo que no tengo ganas de definir.
Curiosamente, el azar me lleva a un escritor que alguien bautizó como "un Stephen King bizarro" en idioma palermo hollywood. Chuck Palanhiuk no es un autor fácil de digerir, pero sí de leer. Ahi va.


Tripas

Por Chuck Palahniuk


Tomen aire.

Tomen tanto aire como puedan. Esta historia debería durar el tiempo que logren retener el aliento, y después un poco más. Así que escuchen tan rápido como les sea posible.

Cuando tenía trece años, un amigo mío escuchó hablar del “pegging”. Esto es cuando a un tipo le meten un pito por el culo. Si se estimula la próstata lo suficientemente fuerte, el rumor dice que se logran explosivos orgasmos sin manos. A esa edad, este amigo es un pequeño maníaco sexual. Siempre está buscando una manera mejor de estar al palo. Se va a comprar una zanahoria y un poco de jalea para llevar a cabo una pequeña investigación personal. Después se imagina cómo se va a ver la situación en la caja del supermercado, la zanahoria solitaria y la jalea moviéndose sobre la cinta de goma. Todos los empleados en fila, observando. Todos viendo la gran noche que ha planeado.

Entonces mi amigo compra leche y huevos y azúcar y una zanahoria, todos los ingredientes para una tarta de zanahorias. Y vaselina.

Como si se fuera a casa a meterse una tarta de zanahorias por el culo.

En casa, talla la zanahoria hasta convertirla en una contundente herramienta. La unta con grasa y se la mete en el culo. Entonces, nada. Ningún orgasmo. Nada pasa, salvo que duele.

Entonces la madre del chico grita que es hora de la cena. Le dice que baje inmediatamente.

El se saca la zanahoria y entierra esa cosa resbaladiza y mugrienta entre la ropa sucia debajo de su cama.

Después de la cena va a buscar la zanahoria, pero ya no está allí. Mientras cenaba, su madre juntó toda la ropa sucia para lavarla. De ninguna manera podía encontrar la zanahoria, cuidadosamente tallada con un cuchillo de su cocina, todavía brillante de lubricante y apestosa.

Mi amigo espera meses bajo una nube oscura, esperando que sus padres lo confronten. Y nunca lo hacen. Nunca. Incluso ahora, que ha crecido, esa zanahoria invisible cuelga sobre cada cena de Navidad, cada fiesta de cumpleaños. Cada búsqueda de huevos de Pascua con sus hijos, los nietos de sus padres, esa zanahoria fantasma se cierne sobre ellos. Ese algo demasiado espantoso para ser nombrado.

Los franceses tienen una frase: “ingenio de escalera”. En francés, esprit de l’escalier. Se refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta, pero es demasiado tarde. Digamos que usted está en una fiesta y alguien lo insulta. Bajo presión, con todos mirando, usted dice algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta, cuando baja la escalera, entonces, la magia. A usted se le ocurre la frase perfecta que debería haber dicho. La perfecta réplica humillante. Ese es el espíritu de la escalera.

El problema es que los franceses no tienen una definición para las cosas estúpidas que uno realmente dice cuando está bajo presión. Esas cosas estúpidas y desesperadas que uno en verdad piensa o hace.

Algunas bajezas no tienen nombre. De algunas bajezas ni siquiera se puede hablar.

Mirando atrás, muchos psiquiatras expertos en jóvenes y psicopedagogos ahora dicen que el último pico en la ola de suicidios adolescentes era de chicos que trataban de asfixiarse mientras se masturbaban. Sus padres los encontraban, una toalla alrededor del cuello, atada al ropero de la habitación, el chico muerto. Esperma por todas partes. Por supuesto, los padres limpiaban todo. Le ponían pantalones al chico. Hacían que se viera... mejor. Intencional, al menos. Un típico triste suicidio adolescente.

Otro amigo mío, un chico de la escuela con su hermano mayor en la Marina, contaba que los tipos en Medio Oriente se masturban distinto a como lo hacemos nosotros. Su hermano estaba estacionado en un país de camellos donde los mercados públicos venden lo que podrían ser elegantes cortapapeles. Cada herramienta es una delgada vara de plata lustrada o latón, quizá tan larga como una mano, con una gran punta, a veces una gran bola de metal o el tipo de mango refinado que se puede encontrar en una espada. Este hermano en la Marina decía que los árabes se ponen al palo y después se insertan esta vara de metal dentro de todo el largo de su erección. Y se masturban con la vara adentro, y eso hace que masturbarse sea mucho mejor. Más intenso.

Es el tipo de hermano mayor que viaja por el mundo y manda a casa dichos franceses, dichos rusos, útiles sugerencias para masturbarse. Después de esto, un día el hermano menor falta a la escuela. Esa noche llama para pedirme que le lleve los deberes de las próximas semanas. Porque está en el hospital.

Tiene que compartir la habitación con viejos que se atienden por sus tripas. Dice que todos tienen que compartir la misma televisión. Su única privacidad es una cortina. Sus padres no lo visitan. Por teléfono, dice que sus padres ahora mismo podrían matar al hermano mayor que está en la Marina.

También dice que el día anterior estaba un poco drogado. En casa, en su habitación, estaba tirado en la cama, con una vela encendida y hojeando revistas porno, preparado para masturbarse. Todo esto después de escuchar la historia del hermano en la Marina. Esa referencia útil acerca de cómo se masturban los árabes. El chico mira alrededor para encontrar algo que podría ayudarlo. Un bolígrafo es demasiado grande. Un lápiz, demasiado grande y duro. Pero cuando la punta de la vela gotea, se logra una delgada y suave arista de cera. La frota y la moldea entre las palmas de sus manos. Larga y suave y delgada.

Drogado y caliente, se la introduce dentro, más y más profundo en la uretra. Con un gran resto de cera todavía asomándose, se pone a trabajar.

Aun ahora, dice que los árabes son muy astutos. Que reinventaron por completo la masturbación. Acostado en la cama, la cosa se pone tan buena que el chico no puede controlar el camino de la cera. Está a punto de lograrlo cuando la cera ya no se asoma fuera de su erección.

La delgada vara de cera se ha quedado dentro. Por completo. Tan adentro que no puede sentir su presencia en la uretra.

Desde abajo, su madre grita que es hora de la cena. Dice que tiene que bajar de inmediato. El chico de la cera y el chico de la zanahoria son personas diferentes, pero tienen vidas muy parecidas.

Después de la cena, al chico le empiezan a doler las tripas. Es cera, así que se imagina que se derretirá adentro y la meará. Ahora le duele la espalda. Los riñones. No puede pararse derecho.

El chico está hablando por teléfono desde su cama de hospital, y de fondo se pueden escuchar campanadas y gente gritando. Programas de juegos en televisión.

Las radiografías muestran la verdad, algo largo y delgado, doblado dentro de su vejiga. Esta larga y delgada V dentro suyo está almacenando todos los minerales de su orina. Se está poniendo más grande y dura, cubierta con cristales de calcio, golpea y desgarra las suaves paredes de su vejiga, obturando la salida de su orina. Sus riñones están trabados. Lo poco que gotea de su pene está rojo de sangre.

El chico y sus padres, toda la familia mirando las radiografías con el médico y las enfermeras parados allí, la gran V de cera brillando para que todos la vean: tiene que decir la verdad. La forma en que se masturban los árabes. Lo que le escribió su hermano en la Marina. En el teléfono, ahora, se pone a llorar.

Pagaron la operación de vejiga con el dinero ahorrado para la universidad. Un error estúpido, y ahora jamás será abogado. Meterse cosas adentro. Meterse dentro de cosas. Una vela en la pija o la cabeza en una horca, sabíamos que serían problemas grandes.

A lo que me metió en problemas a mí lo llamo “Bucear por perlas”. Esto significaba masturbarse bajo el agua, sentado en el fondo de la profunda piscina de mis padres. Respiraba hondo, con una patada me iba al fondo y me deshacía de mis shorts. Me quedaba sentado en el fondo dos, tres, cuatro minutos.

Sólo por masturbarme tenía una gran capacidad pulmonar. Si hubiera tenido una casa para mí solo, lo habría hecho durante tardes enteras.

Cuando finalmente terminaba de bombear, el esperma colgaba sobre mí en grandes gordos globos lechosos.

Después había más buceo, para recolectarla y limpiar cada resto con una toalla. Por eso se llamaba “bucear por perlas”. Aun con el cloro, me preocupaba mi hermana. O, por Dios, mi madre.

Ese solía ser mi mayor miedo en el mundo: que mi hermana adolescente virgen pensara que estaba engordando y diera a luz a un bebé de dos cabezas retardado. Las dos cabezas me mirarían a mí. A mí, el padre y el tío. Pero al final, lo que te preocupa nunca es lo que te atrapa.

La mejor parte de bucear por perlas era el tubo para el filtro de la pileta y la bomba de circulación. La mejor parte era desnudarse y sentarse allí.

Como dicen los franceses, ¿a quién no le gusta que le chupen el culo? De todos modos, en un minuto se pasa de ser un chico masturbándose a un chico que nunca será abogado.

En un minuto estoy acomodado en el fondo de la piscina, y el cielo ondula, celeste, através de un metro y medio de agua sobre mi cabeza. El mundo está silencioso salvo por el latido del corazón en mis oídos. Los shorts amarillos están alrededor de mi cuello por seguridad, por si aparece un amigo, un vecino o cualquiera preguntando por qué falté al entrenamiento de fútbol. Siento la continua chupada del tubo de la pileta, y estoy meneando mi culo blanco y flaco sobre esa sensación. Tengo aire suficiente y la pija en la mano. Mis padres se fueron a trabajar y mi hermana tiene clase de ballet. Se supone que no habrá nadie en casa durante horas.

Mi mano me lleva casi al punto de acabar, y paro. Nado hacia la superficie para tomar aire. Vuelvo a bajar y me siento en el fondo. Hago esto una y otra vez.

Debe ser por esto que las chicas quieren sentarse sobre tu cara. La succión es como una descarga que nunca se detiene. Con la pija dura, mientras me chupan el culo, no necesito aire. El corazón late en los oídos, me quedo abajo hasta que brillantes estrellas de luz se deslizan alrededor de mis ojos. Mis piernas estiradas, la parte de atrás de las rodillas rozando fuerte el fondo de concreto. Los dedos de los pies se vuelven azules, los dedos de los pies y las manos arrugados por estar tanto tiempo en el agua.

Y después dejo que suceda. Los grandes globos blancos se sueltan. Las perlas. Entonces necesito aire. Pero cuando intento dar una patada para elevarme, no puedo. No puedo sacar los pies. Mi culo está atrapado.

Los paramédicos de emergencias dirán que cada año cerca de 150 personas se quedan atascadas de este modo, chupadas por la bomba de circulación. Queda atrapado el pelo largo, o el culo, y se ahoga. Cada año, cantidad de gente se ahoga. La mayoría en Florida.

Sólo que la gente no habla del tema. Ni siquiera los franceses hablan acerca de todo. Con una rodilla arriba y un pie debajo de mi cuerpo, logro medio incorporarme cuando siento el tirón en mi culo. Con el pie pateo el fondo. Me estoy liberando pero al no tocar el concreto tampoco llego al aire. Todavía pateando bajo el agua, revoleando los brazos, estoy a medio camino de la superficie pero no llego más arriba. Los latidos en mi cabeza son fuertes y rápidos.

Con chispas de luz brillante cruzando ante mis ojos me doy vuelta para mirar... pero no tiene sentido. Esta soga gruesa, una especie de serpiente azul blancuzca trenzada con venas, ha salido del desagüe y está agarrada a mi culo. Algunas de las venas gotean rojo, sangre roja que parece negra bajo el agua y se desprende de pequeños rasguños en la pálida piel de la serpiente. La sangre se disemina, desaparece en el agua, y bajo la piel delgada azul blancuzca de la serpiente se pueden ver restos de una comida a medio digerir.

Esa es la única forma en que tiene sentido. Algún horrible monstruo marino, una serpiente del mar, algo que nunca vio la luz del día, se ha estado escondido en el oscuro fondo del desagüe de la pileta, y quiere comerme.

Así que la pateo, pateo su piel resbalosa y gomosa y llena de venas, pero cada vez sale más del desagüe. Ahora quizá sea tan larga como mi pierna, pero aún me retiene el culo. Con otra patada estoy a unos dos centímetros de lograr tomar aire. Todavía sintiendo que la serpiente tira de mi culo, estoy a un centímetro de escapar.

Dentro de la serpiente se pueden ver granos de maíz y maníes. Se puede ver una brillante bola anaranjada. Es la vitamina para caballos que mi padre me hace tomar para que gane peso. Para que consiga una beca gracias al fútbol. Con hierro extra y ácidos grasos omega tres. Ver esa pastilla me salva la vida.

No es una serpiente. Es mi largo intestino, mi colon, arrancado de mi cuerpo. Lo que los doctores llaman prolapso. Mis tripas chupadas por el desagüe.

Los paramédicos dirán que una bomba de agua de piscina larga 360 litros de agua por minuto. Eso son unos 200 kilos de presión. El gran problema es que por dentro estamos interconectados. Nuestro culo es sólo la parte final de nuestra boca. Si me suelto, la bomba sigue trabajando, desenredando mis entrañas hasta llegar a mi boca. Imaginen cagar 200 kilos de mierda y podrán apreciar cómo eso puede destrozarte.

Lo que puedo decir es que las entrañas no sienten mucho dolor. No de la misma manera que duele la piel. Los doctores llaman materia fecal a lo que uno digiere. Más arriba es chyme, bolsones de una mugre delgada y corrediza decorada con maíz, maníes y arvejas.

Eso es la sopa de sangre y maíz, mierda y esperma y maníes que flota a mi alrededor. Aún con mis tripas saliendo del culo, conmigo sosteniendo lo que queda, aún entonces mi prioridad era volver a ponerme el short. Dios no permita que mis padres me vean la pija.

Una de mis manos está apretada en un puño alrededor de mi culo, la otra arranca el short amarillo del cuello. Pero ponérmelos es imposible.

Si quieren saber cómo se sienten los intestinos, compren uno de esos condones de piel de cabra. Saquen y desenrrollen uno. Llénenlo con mantequilla de maní, cúbranlo con lubricante y sosténganlo bajo el agua. Después traten de rasgarlo. Traten de abrirlo en dos. Es demasiado duro y gomoso. Es tan resbaladizo que no se puede sostener. Un condón de piel de cabra, eso es un intestino común.

Ven contra lo que estoy luchando.

Si me dejo ir por un segundo, me destripo.

Si nado hacia la superficie para buscar una bocanada de aire, me destripo.

Si no nado, me ahogo.

Es una decisión entre morir ya mismo o dentro de un minuto. Lo que mis padres encontrarán cuando vuelvan del trabajo es un gran feto desnudo, acurrucado sobre sí mismo. Flotando en el agua sucia de la piscina del patio. Sostenido por atrás por una gruesa cuerda de venas y tripas retorcidas. El opuesto de un adolescente que se ahorca cuando se masturba. Este es el bebé que trajeron del hospital trece años atrás. Este es el chico para el que deseaban una beca deportiva y un título universitario. El que los cuidaría cuando fueran viejos. Aquí está el que encarnaba todas sus esperanzas y sueños. Flotando, desnudo y muerto. Todo alrededor, grandes lechosas perlas de esperma desperdiciada.

Eso, o mis padres me encontrarán envuelto en una toalla ensangrentada, desmayado a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, mis desgarradas entrañas todavía colgando de la pierna de mis shorts amarillos. Algo de lo que ni los franceses hablarían.

Ese hermano mayor en la Marina nos enseñó otra buena frase. Rusa. Cuando nosotros decimos: “Necesito eso como necesito un agujero en la cabeza”, los rusos dicen: “Necesito eso como necesito un diente en el culo”. Mne eto nado kak zuby v zadnitse. Esas historias sobre cómo los animales capturados por una trampa se mastican su propia pierna; cualquier coyote puede decir que un par de mordiscos son mucho mejores que morir.

Mierda... aunque seas ruso, algún día podrías querer esos dientes. De otra manera, lo que tenés que hacer es retorcerte, dar vueltas. Enganchar un codo detrás de la rodilla y tirar de esa pierna hasta la cara. Morder tu propio culo. Uno se queda sin aire y mordería cualquier cosa con tal de volver a respirar.

No es algo que te gustaría contarle a una chica en la primera cita. No si querés besarla antes de ir a dormir. Si les cuento qué gusto tenía, nunca nunca volverían a comer calamares.

Es difícil decir qué les disgustó más a mis padres: cómo me metí en el problema o cómo me salvé. Después del hospital, mi madre dijo: “No sabías lo que hacías, amor. Estabas en shock”. Y aprendió a cocinar huevos pasados por agua.

Toda esa gente asqueada o que me tiene lástima... la necesito como necesito dientes en el culo.

Hoy en día, la gente me dice que soy demasiado delgado. En las cenas, la gente se queda silenciosa o se enoja cuando no como la carne asada que prepararon. La carne asada me mata. El jamón cocido. Todo lo que se queda en mis entrañas durante más de un par de horas sale siendo todavía comida. Chauchas o atún en lata, me levanto y me los encuentro allí en el inodoro.

Después de sufrir una disección radical de los intestinos, la carne no se digiere muy bien. La mayoría de la gente tiene un metro y medio de intestino grueso. Yo tengo la suerte de conservar mis quince centímetros. Así que nunca obtuve una beca deportiva, ni un título. Mis dos amigos, el chico de la cera y el de la zanahoria, crecieron, se pusieron grandotes, pero yo nunca llegué a pesar un kilo más de lo que pesaba cuando tenía trece años. Otro gran problema es que mis padres pagaron un montón de dinero por esa piscina. Al final mi padre le dijo al tipo de la piscina que fue el perro. El perro de la familia se cayó al agua y se ahogó. El cuerpo muerto quedó atrapado en el desagüe. Aun cuando el tipo que vino a arreglar la piscina abrío el filtro y sacó un tubo gomoso, un aguachento resto de intestino con una gran píldora naranja de vitaminas aún dentro, mi padre sólo dijo: “Ese maldito perro estaba loco”. Desde la ventana de mi pieza en el primer piso podía escuchar a mi papá decir: “No se podía confiar un segundo en ese perro...”.

Después mi hermana tuvo un atraso en su período menstrual.

Aun cuando cambiaron el agua de la pileta, aun después de que vendieron la casa y nos mudamos a otro estado, aun después del aborto de mi hermana, ni siquiera entonces mis padres volvieron a mencionarlo.

Esa es nuestra zanahoria invisible.

Ustedes, tomen aire ahora.

Yo todavía no lo hice.



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posted by Erre Be | 7/25/2005 04:47:00 p. m.


jueves, julio 08, 2004  

SOBRESALTOS

un cuento de Samuel Beckett

Uno


Sentado una noche a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día. Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.

Una noche pues o un día sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no. Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.

Visto siempre por la espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la errancia de antaño. Tierra adentro.

Un reloj lejano tocaba la hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.
Hubo un tiempo en el que de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo que de ellas había que ver.

Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella. Después de todo lo que ella hizo.

Mismo sitio que aquél desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal.
Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca. Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos. Los gritos. Los mismos de siempre.

Luego tantos toquidos y gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la pena tanto de sí como del otro es decir la suya.

Dos

Como alguien que posee toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos. Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como para excusarse de incrementar su turbación.

Pues no tenía recuerdo de ningún prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar. Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo otra vez brevemente.

Pero pronto cansado de hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al sitio del cual ignoraba cómo había partido.

Así iba ignorando todo y con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.

Tres

Así estaba antes de quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes? Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar todo.



(Traducción de Antonio Marquet)


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posted by Erre Be | 7/08/2004 12:02:00 a. m.


lunes, julio 05, 2004  

¿TODO VERDOR PERECERA?


Sony comenzó a vender papel electrónico en Japón. Llamado Librié, mide 12 cm x 19 cm y pesa 300 gramos. Permite almacenar el equivalente a 500 libros, que pueden descargarse de Internet en el formato BBeB, desarrollado especialmente por Sony. Librié tiene una pantalla de alta resolución y cuesta alrededor de US$400.



Fuente: com.Letter 05-07-04

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posted by Erre Be | 7/05/2004 11:00:00 p. m.


domingo, mayo 30, 2004  

Saki (Gran Bretaña, 1870-1916)

LAS MEDALLAS

" El lobo era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris pálido que brillaban con inexplicable ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto desde una gran distancia. Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a desear que nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que pudo y el lobo la siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos gris pálido brillaban de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: «Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura en la ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo olfatear dónde estaba escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que podría haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de obediencia chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta de allí y la devoró hasta el último bocado.
Todo lo que quedó de ella fueron sus zapatos.... "


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posted by Erre Be | 5/30/2004 01:34:00 a. m.
 

Umberto Saba (Italia, 1883-1957)

El barrio


" Fue por las calles de este
Barrio que algo nuevo
me pasó.

Fue como un vano
suspiro
el repentino deseo de salir
de mí mismo, de vivir la vida
de todos,
de ser como todos
los hombres de todos
los días.

No tuve yo jamás tan grande
gozo, ni de la vida espero ya tenerlo.
Veinte años tenía entonces, y estaba
enfermo. Por las nuevas
calles del Barrio ese deseo vano
como un suspiro
me hizo suyo.

Donde en el dulce tiempo
de la infancia
pocas casas veía yo,
perdidas, que trepaban hacia el nudo
de la colina,
surgía un Barrio hiviente de trabajo
humano. En él por vez
primera sufrí el impulso dulce
y vano
de sumergir la mía dentro de la candente
vida de todos,
de ser como todos
los hombres de todos
los días.

Tener la fe
de todos, decir
palabras, hacer
cosas que cualquiera entiende, y son,
como el vino y el pan,
como los niños y las mujeres,
valores
de todos. Sólo un resquicio,
ay, dejé al deseo, azul
rendija,
para contemplarme desde allí, gozar
el gran goce alcanzado
de dejar de ser yo,
de ser tan sólo esto: entre los hombres
un hombre.

Nacido en oscuras
circunstancias,
poca cosa fue ese deseo, apenas un breve
suspiro. Lo reencuentro
?eco perdido
de juventud? por las calles del Barrio
cambiadas,
aún más cambiadas que yo. Sobre las paredes
de las altas casas,
sobre los hombres y sobre los trabajos,
sobre cada cosa,
ha caído el velo que envuelve las cosas
acabadas.

La iglesia es todavía
amarilla, si el prado
que la rodea es menos verde. El mar,
que en lo bajo vislumbro, tiene un solo navío,
enorme,
que, detenido, se escora hacia un lado. Formas,
colores,
vida donde nació mi suspiro dulce
y cobarde, un mundo
acabado. Formas,
colores
diversos he creado, al seguir siendo yo,
yo mismo solo con mi duro
sufrir. Y muerte
me aguarda.

Volverán,
o a este
Barrio, o a otro como éste, los días
en flor. Otro habrá
que reviva mi vida,
y en una angustia extrema
de juventud, pida también,
y espere,
poder sumergir la suya dentro de la vida
de todos,
poder ser como le parecerá que son
todos los hombres de ese día
de ese entonces. "




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posted by Erre Be | 5/30/2004 01:30:00 a. m.


lunes, abril 26, 2004  

COMO SER UN GRAN ESCRITOR

por

CHARLES BUKOWSKI



tienes que cogerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
no te exijas.
duerme hasta el mediodía.
evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.


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posted by Erre Be | 4/26/2004 04:16:00 p. m.


lunes, marzo 08, 2004  

Asombro

La vida no es más que un sueño vago y fugaz envuelto en carne y lágrimas. JACK KEROUAC




¿Por qué demasiado una persona?
¿Esta y no otra? ¿Y qué hago yo aquí?
¿Un día que es martes? ¿En casa y no en un nido?
¿En piel y no en una cáscara? ¿Con un rostro y no una hoja?
¿Por qué sólo una vez personalmente?
¿Precisamente en la tierra? ¿Junto a la pequeña estrella?
¿Después de tantas eras de ausencia?



Wislawa Szymborska - Polonia - 1923 - Este poema, publicado en 1972, fue tomado de la recopilación El gran número, Fin y principio y otros poemas (Hiperión, 1997). Traducción de Elzbieta Bortkiewicz. Szymborska ganó el Premio Nobel de Literatura en 1996. Publicado en Amigos de lo Ajeno

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posted by Erre Be | 3/08/2004 02:12:00 p. m.


sábado, febrero 21, 2004  

El hilo de Macuto

por César Aira



En un viaje que hice recientemente a Venezuela tuve la ocasión de admirar el famoso "Hilo de Macuto", una de las maravillas del Nuevo Mundo, legado de anónimos piratas, atracción del turismo y enigma sin respuesta. Un extraño monumento de ingenio que atravesó los siglos indescifrado y en el proceso se volvió parte de una Naturaleza que en esas latitudes es tan rica como todas las renovaciones que promueve. Macuto es una de las localidades costeras que se suceden a los pies de Caracas, vecina de Maiquetía, donde está el aeropuerto al que yo había llegado. Me alojaron provisoriamente en Las Quince Letras, el moderno hotel levantado frente al parador y restaurante del mismo nombre, sobre la costa misma. Mi habitación daba al mar, el Caribe enorme y a la vez íntimo, azul y brillante. El "Hilo" pasaba a cien metros del hotel; lo descubrí desde la ventana, y fui a verlo.

En mi infancia, como todo niño americano, yo me había empapado en vanas especulaciones sobre el Hilo de Macuto, en el que se hacía real, tangible, vestigio vivo, el mundo novelesco de los piratas. Las enciclopedias (la mía era el Tesoro de la Juventud, que nunca como en esas páginas merecía su nombre) traían esquemas y fotografías, que yo reproducía en mis cuadernos. Y en mis juegos desataba los nudos, descubría el secreto... Más tarde vi documentales sobre el Hilo en la televisión, compré algún libro sobre el tema, y tropecé con él muchas veces en mis estudios de la literatura venezolana y caribeña, donde es un leit motiv. También seguí, como todos (aunque sin un interés especial)las noticias que traían los diarios sobre nuevas teorías, nuevos intentos de descifrar el enigma... El hecho de que siempre fueran nuevos era indicio suficiente de que los anteriores habían fracasado.

Según la leyenda inmemorial, el Hilo debía servir para izar del fondo del mar un tesoro, un botín de valor incalculable puesto allí por los piratas. Uno de los piratas (todas las indagaciones en crónicas y archivos han fallado en identificarlo) debió de ser un genio científico-artístico de primera magnitud, un Leonardo a bordo, para idear el maravilloso instrumento que servía a la vez para ocultar el botín y recuperarlo.

El aparato tenía una simplicidad genial. Era, como el nombre lo dice, un "hilo", uno solo, en realidad una cuerda de fibras naturales, tendida a unos tres metros sobre la superficie del agua sobre una hoya marina que hace el fondo cerca de la costa de Macuto. En la hoya se perdía un extremo del hilo, que pasaba por una suerte de roldana natural de piedra en una roca emergida a doscientos metros de la orilla, daba una voltereta de nudos corredizos en un obelisco también natural en tierra, y de ahí subía a dos montañuelas de la cadena costera para volver al "obelisco", en una triangulación. Sin necesidad de restauraciones, el dispositivo había resistido intacto el paso de los siglos, sin cuidados especiales -al contrario, siempre invicto ante las manipulaciones groseras y hasta brutales de los buscadores de tesoros (todo el mundo lo es), ante los depredadores, los curiosos, y las legiones de turistas-.

Yo fui uno más... El último, como se verá. Resultó ligeramente emocionante verme frente a él. No importa lo que se sepa de un objeto famoso:estar en su presencia es otra cosa. Hay que encontrar la sensación de realidad, despegar el velo de sueños que es la sustancia de la realidad, y ponerse a la altura del momento, del Everest del momento. Innecesario decir que soy incapaz de esa hazaña, yo más que nadie.



(de "El congreso de literatura", César Aira, 1999)



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posted by Erre Be | 2/21/2004 06:30:00 p. m.


lunes, febrero 16, 2004  

Mientras tanto



Por Gabriela Liffschitz


Yo no me acordaba cómo era el tacto de mi cuerpo sin vellosidad hasta que me quedé pelada de la cabeza a los pies. Porque la experiencia de la quimio es aterradora en varios aspectos, pero no en el hecho de que se caiga el pelo sino que la forma en que se cae es signo de enfermedad. Se caen las cejas, el vello púbico, el de las axilas. Hay gente que hasta cambia de tonalidad, llega a una palidez total, casi verdosa. Y es que hay prejuicios ridículos como que con la quimio no se puede tomar sol. Y eso es cierto pero durante las primeras 48 horas. Por eso el cuerpo puede llegar a adquirir esa tonalidad tan rara, tan enfermiza. Yo, como perdí el pelo luego del verano, tenía toda la cara marrón por el sol y la pelada color leche. Con el pelo me pasó lo mismo que con la teta: no necesariamente tenía que inscribir mi cuerpo como cuerpo enfermo o falto de. Al revés, podía ganar en eso una porción erótica.

Yo no sabía cómo era mi cabeza. Es que las mujeres no usan la cabeza pelada salvo en la primera infancia, por motivos religiosos o políticos: por ejemplo, el hecho de pertenecer a los skinheads. Una vez me paró en la calle un hare krishna que me preguntó si me había pelado por motivos religiosos. Le contesté que decididamente no.

Antes de las fotos, había en el uso cotidiano de la pelada una cuestión estética que había que resolver. Una variante era usar varias pelucas y ser una persona distinta cada mañana. Pero las pelucas salen carísimas a menos que sean de cotillón. De hecho usé una rosada, divina, para una fiesta. Pero estaba el día a día: el laburo, la nena, la escuela. Entonces me probé una peluca que me hacía parecer una judía ortodoxa. Una pollera larga y estaba para el ghetto. Pero cuando vi cómo era mi cabeza, la empecé a mostrar, salvo en invierno, durante el que usé gorros.

Para que no me confundieran con una skinhead, yo que suelo usar ropa negra, recuperé ropa vieja, sobre todo de color turquesa, y empecé a usar chalinas. Como las cejas me parecían un marco importante de los ojos, yo me las pintaba. Empecé a maquillarme mucho más. Y eso creaba un equívoco terrible en la calle. Mi hermana decía que a la gente tenía que cobrarle veinticinco centavos por mirar, cincuenta por sostener la mirada y un peso por darse vuelta. Me hubiera hecho millonaria. Eran miradas de desaprobación, miradas ofendidas. Nadie ni por asomo pensaba que yo estaba enferma. Había días en que estaba muy sensible y recibía esto muy mal. Entonces sentía que me miraban con cierto descaro porque yo era una descarada.

Me hice pintar dos serpientes a lo largo del cuerpo porque para mí la serpiente tiene que ver al mismo tiempo con lo erótico y lo mortal. Además hay enfermeras especialmente preparadas para pasar quimioterapia que les dicen a los pacientes mientras les inyectan esa medicina que hace caer el pelo: “¡Acá viene el veneno!”. Un día charlando con un amigo cuya pareja es médico me aclaró: “La serpiente es el símbolo de la medicina”.

Con la enfermedad, yo no encontré una imagen anterior que se destruyó sino quinientas que destruí mil veces. Fui hippie, fui posmo, fui joven siendo vieja, fui vieja siendo joven, me moví desde el tailleur hasta las calzas negras de lycra. Sin teta fue otra imagen, sin pelo es otra imagen. Y aclaro que yo no me quiero proponer como la persona que tiene todas las respuestas, sólo que ésta es una respuesta para mí.

Yo tengo cierta intención de conseguir otra imagen para la enfermedad. No es necesario ponerse verde y vomitar para estar enfermo. Se pueden tener otros aspectos. Ahora, tampoco es mi objetivo parecer no enferma. De hecho, si hay que hacer una cola de dos cuadras, yo me acerco y digo “Tengo cáncer de huesos, ¿me deja pasar?”. Claro que cuando lo digo la gente me mira desorientadísima de verdad. Pero cuento con que me crean,porque decir que se tiene cáncer en los huesos para no hacer una cola es de un psicótico (con lo cual deberían dejarlo pasar también).

A la enfermedad la tengo y acompaña mi vida y no me queda otra. Pero no es el eje. Si estoy señalada todo el tiempo como enferma, estaré todo el tiempo enferma. Pero no estoy todo el tiempo enferma. Hay momentos que sí y otros que no. Incluso hay momentos en que me olvido. Y la habitual utilización de la imagen que se hace en relación a la enfermedad –ponerse un pañuelo en la cabeza, ocultarse– yo la creo muy dañina. Volverse casi verde, estar vomitando es un momento.

Pero hay muchos otros. Si yo me hubiera puesto verde me hubiera pintado los ojos de violeta para que combine. Se trata justamente de eso, de que estas mutaciones combinen con tu vida. Porque tu vida no termina con el cáncer. Si te pisa un auto no hay mucho que elaborar al respecto. Pero en este caso vos seguís viviendo y resulta que te vas a morir pero no, y seguís viviendo un poco más y los pronósticos son medio jodidos pero seguís más y más. ¿Mientras tanto? Mientras tanto una está viva.


La fotógrafa y poeta Gabriela Liffschitz
murió el viernes pasado. Estas declaraciones
pertenecen a las entrevistas que le hizo María
Moreno para la salida de sus libros Efectos
colaterales y Recursos humanos.


(Página 12, suplemento Radar)

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posted by Erre Be | 2/16/2004 12:10:00 p. m.


viernes, enero 30, 2004  

Joaquín Giannuzzi nació en Buenos Aires en 1924 y murió en Salta el 26 de enero de 2004. Ejerció el periodismo en la sección policiales del diario Crónica. Publicó los siguientes libros: Nuestros días mortales (1958), Contemporáneo del mundo (1962), Las condiciones de la época (1967), Señales de una causa personal (1977), Principios de incertidumbre (1981), Violín obligado (1984), Cabeza final (1991), Poemas: 1958-1995 (1995), Antología poética (2001) y ¿Hay alguien ahí? (2003). (Salió en Niusleter)


Mi hija se viste y sale


El perfume nocturno instala su cuerpo
en una segunda perfección de lo natural.
Por la gracia de su vida
la noche comienza y el cuarto iluminado
es una palpitación de joven felino.
Ahora se pone el vestido
con una fe que no puedo imaginar
y un susurro de seda la recorre hasta los pies.
Entonces gira
sobre el eje del espejo, sometida
a la contemplación de un presente absoluto.
El instante se desplaza hacia otro,
un dulce desorden se inmoviliza en torno
hasta que un chasquido de pulseras al cerrarse
anuncia que todas mis opciones están resueltas.
Ella sale del cuarto, ingresa
a una víspera de música incesante
y todo lo que yo no soy la acompaña.



Poética

La poesía no nace.
Está allí, al alcance
de toda boca
para ser doblada, repetida, citada
total y textualmente.
Usted, al despertarse esta mañana,
vio cosas, aquí y allá,
objetos, por ejemplo.
Sobre su mesa de luz
digamos que vio una lámpara,
una radio portátil, una taza azul.
Vio cada cosa solitaria
y vio su conjunto.
Todo eso ya tenía nombre.
Lo hubiera escrito así.
¿Necesitaba otro lenguaje,
otra mano, otro par de ojos, otra flauta?
No agregue. No distorsione.
No cambie
la música de lugar.
Poesía
es lo que se está viendo.



Una noche de julio

Mi padre está muerto a cambio de nada.
Cuando se le helaron los pies
-uñas torcidas de inmigrante-
yo le debía el universo y algunas blasfemias,
y sólo tenía papeles mojados para cubrirlo.
En una despedida que no valía la pena,
que no estuvo a la altura de los hechos.
una noche de julio de 1955.

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posted by Erre Be | 1/30/2004 12:01:00 a. m.


jueves, diciembre 25, 2003  


Plegaria



De la lectura sintagmática
De la lectura paradigmática del enunciado
De la lengua fáctica
De la factividad y de la no factividad en la oración principal
Libera nos, Domine.

De la organización categorial de la lengua
De la principalidad de la lengua en el conjunto de los sistemas semiológicos
De la concretez de las unidades en el estatuto que dialectiza la lengua
Del ortolenguaje
Libera nos, Domine.

Del programa epistemológico de la obra
Del corte epistemológico y del corte dialógico
Del sustrato acústico del culminado
De los sistemas genitivamente afines
Libera nos, Domine.

De la semia
Del sema, del semema, del semantema
Del lexema
Del clasema, del mema, del sentema
Libera nos, Domine.

De la estrcturación semémica
Del ideolecto y de la pancromía científica
De la reliabilidad de test psicolingüísticos
Del análisis computacional de la estructuración silábica de las fablas regionales
Libera nos, Domine.

Del vocoide
Del vocoide nasal puro y sin clausura consonantal
Del vocoide bajo y del semivocoide homorgámico
Del glide vocálico
Libera nos, Domine.

De la lingüística frástica y transfrástica
Del signo sinésico, del signo icónico y del signo gestual
De la clitización pronominal obligatoria
De la glosemática
Libera nos, Domine.

De la estructura exo-semántica del lenguaje musical
De la totalidad sincrética del emisor
De la lingüística generativo/transformacional
Del movimiento transformacionalista
Libera nos, Domine.

De las apariciones de Chomsky
De Mehler, de Perchonock
De Saussure, de Cassirer, Troubetzkoy, Althusser
De Zolkiewsky, Jacobson, Barthes, Derrida, Todorov
De Greimas, Fodor, Chao, Lacan et caterva
Libera nos, Domine.



Carlos Drummond de Andrade


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posted by Erre Be | 12/25/2003 02:47:00 p. m.


miércoles, noviembre 05, 2003  

ARDE RAÚL


LA TERRIBLE Y ASOMBROSA HISTORIA DEL POETA RAÚL GÓMEZ JATTIN,

de Heriberto Fiorillo




I

¿Qué nos obsesiona de Raúl Gómez Jattin? --me pregunto. ¿La sola calidad indiscutible (gloriosa) de algunos de sus versos, o el morbo enfermizo que suscita su locura, su miseria, su homosexualismo?


Si José Asunción Silva hubiera muerto de muerte natural, anciano y próspero, prolífico padre, esposo amante, ¿existiría la Casa de Poesía Silva? ¿Estuviera su rostro en los billetes de $50.000?


Si Andrés Caicedo se hubiera salvado de ese lamentable accidente con pastillas, de esa sobredosis brutal, y andara por ahí, en cuanto festival de cine se hace en el mundo, ¿Los textos que escribió hasta los 25 años recibirían la atención, difusión e importancia mediática y editorial de que gozan en estos momentos? ¿O estarían donde deberían estar, como los pilares (no la cumbre) de una obra literaria que no se cristalizó, desgraciadamente, a causa de su temprana muerte?


Estas preguntas y otras, me hacía mientras leía el libro Arde Raúl: La terrible y asombrosa historia del poeta Raúl Gómez Jattin, de Heriberto Fiorillo, cuyo ejemplar recibí generosamente autografiado de manos del autor en Cartagena a principios de año (la húmeda, la lúbrica Cartagena, refugio de amantes, botín de políticos infames). Hermosa edición, pasta dura, papel fino, una cinta roja que hace de separador de páginas como en un misal de arzobispo, y el extraño detalle de un broche que lo cierra pudorosamente como diario de quinceañera.


¿Terrible la historia de Raúl? Sí, pero por lo digno de lastima que era ese pobre hombre, torturado por la locura y la droga, y esquilmado además, aún en vida, por la corte de parásitos obsequiosos que conocían la fecha aproximada en la que recibiría regalías por sus libros o por cualquier otro concepto (Raúl es el más importante "bestseller" poético de la industria editorial colombiana) para pegarse a él y sacarle droga y dinero a cambio de un poco de sexo y compañía (pag. 293).


¿Asombrosa? Me temo que no. En la historia, incluso en la actualidad existen en el mundo cientos de artistas como él, geniales e innovadores, destruidos por el vicio y la indisciplina. Al momento de su muerte, poco (nada) quedaba del genial autor de Tríptico Cereteano, de Los Hijos del Tiempo y de ese inmortal poema titulado "El Dios que Adora". La conciencia del reconocimiento de que era objeto ("Soy el mejor aunque fueran otros los que salieran en televisión", pág. 77) hizo que Raúl perdiera rigurosidad en su trabajo, cualquier imagen interesante o ingeniosa que se le ocurría la entregaba a sus amigos casi virgen, con la equivocada certeza de que estaba legando a la posteridad una obra de arte.


Hace años, Maria Mercedes Carranza realizó una reseña para su columna en la Revista Semana, del texto de Vladimir Marinovich sobre Raúl, que mereció un importante estímulo económico del ministerio de cultura. Vladimir conoció a Raúl, lo acompañó, le ayudó a pasar sus últimos poemas y, tras su muerte, utilizó sus recuerdos y otros datos para ganarse unos millones que no le caen mal a nadie en el país del Sagrado Corazón. Ella se preguntaba si era válido utilizar los recuerdos de un amigo para hacer eso, y terminaba la columna con un "No sé, no sé".


Confieso mi prevención, no hacia Fiorillo, laureado periodista, excelente director audiovisual, buen escritor e investigador, documentado y riguroso, quien realizó una pesquisa interesante para la realización de este libro --"La investigación ha sido prolongada, constante, exhaustiva, incansable, heterogénea" (pág. 11)--, sino hacia aquellos y aquellas que utilizan y manipulan la memoria de Gómez Jattin en provecho propio para aparecer reiterativamente en libros, revistas, documentales y periódicos. Muchos sostienen que Raúl lo supo muy bien, que su lucidez le permitió entrever lo que ocurría, y que conscientemente alimentó el fenómeno: --"Quiero ser tan famoso como Celia Cruz" (pag. 269). Ser el más grande y amado de los poetas fue su objetivo mientras vivió (pág. 96).


Es muy fácil caer en la trampa. Por ejemplo, yo, que viviendo en Cartagena no fui amiga de Raúl (a diferencia, por lo que parece, del 90% de la ciudad), que no le admiro especialmente, que no le amo ni le odio, que no fui su víctima, que no moví un dedo por ayudarlo, que le fui completamente indiferente, puedo alimentar el anecdotario:


La primera vez que conocí a Raúl fue inolvidable para mí (con esta frase el lector queda atrapado a la espera de una historia truculenta), estaba él en los pasillos de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena (entidad destruida por un infame gobernador conservador de cuyo nombre no quiero acordarme), y sin conocerme me abordó, me mostró la última edición de El Esplendor de la Mariposa y se dolió de la portada (formas cilíndricas en colores opacos).
--Que nombre tan bonito le puse a mi libro, para que le pusieran una portada tan fea --me dijo.


Yo, con esta manía que tengo de decir lo primero que se me ocurre, asentí:


--Es verdad, parecen supositorios.


Él puso cara de no entender, pero poco a poco su rostro se transformó en furia, y dos cosas hay peligrosas en la vida, tirar sin preservativo y suscitar la rabia de un loco furioso, así que puse pies en polvorosa. La última vez que le vi con vida, cerca de la estatua de la India Catalina, iba vestido solo por largos calzones hasta los tobillos, descalzo y descamisado, corriendo azorado entre dos hileras de vendedores de comidas y jugos, quienes le arrojaban basura y comida, en medio de burlas y rechiflas. El día del accidente que puso fin a su sufrimiento y apuntaló su leyenda, un amigo pasó por mí y me pidió que lo acompañara al Hospital Universitario, que Raúl había muerto y estaba en ese sitio. Llegamos y mientras mi amigo averiguaba en recepción, yo me escabullí por el parqueadero y ahí estaba, primorosamente depositado en una bandeja metálica, en la cabina trasera de una camioneta de medicina legal, nunca más hombre, nunca más niño, nunca más fauno ni bestia, solo un cuerpo sangrante y patético de loco atropellado, que periodistas y serviles, amigos y lagartos se reparten desde entonces.


¿Arde Paris? No, Arde Raúl. ¿En donde? ¿En el infierno? ¿A la diestra de Dios padre? ¿O en la leyenda que sus áulicos, los editores y los medios alimentan cada día a la medida de su propio morbo y vanidad?


II


El libro comienza con elogios a Raúl, desde diversos testimonios de poetas, escritores, periodistas, dramaturgos, críticos y un medio hermano. Fiorillo hizo un collage de fragmentos de artículos, ensayos, conversaciones, etc. No sé a ustedes, pero a mí personalmente esa parte me resulta aburridísima. Debió dejarlo para el final, o no incluirlo. A menos que Heriberto haya decidido hacer como las mamás chantajistas (primero el remedio y después el helado). No ocurre así con la entrevista de Martha Kornblith (pág. 482) que es muy a propósito, muy lúcida y amena.


La segunda parte es un collage adaptado de múltiples testimonios y entrevistas dados por Raúl a diversos periodistas y escritores de 1987 a 1995, un monólogo realmente vital y de lectura fluida. En ella se ve cómo Raúl oscilaba entre el desamparo y el egoísmo, la bondad y la crueldad; y hablamos de un egoísmo y de una crueldad que muchas veces ejercía con lucidez, que no podían justificarse por sus cíclicos accesos de locura. En Raúl se cumple a cabalidad la máxima que leí en alguna parte de que "la historia solo se acuerda de los exagerados", pero mi preocupación va mas allá, va a que pienso que toda este énfasis reiterado en escudriñar los detalles de su dolor y su desamparo, de su excentricidad, sus anécdotas violentas, estrambóticas y enfermizas, es una peligrosa apología (si bien inconsciente no menos dañina) de la droga y todas sus brutales consecuencias.


"Los habitantes de mi aldea/ Dicen que soy un hombre/ despreciable y peligroso/ Y no andan muy equivocados/ Despreciable y peligroso/ Eso han hecho de mi la poesía y el amor..." (pág. 45). No, mi querido poeta, ese par de dones (la poesía y el amor) potencializan lo que tú eres, pero en tu caso, te sirvieron para justificarte, para joder, para utilizar y manipular y casi destruir a todo aquel que tuvo la intención de hacer algo bueno por ti, en tu provecho.


Cuando se leen las páginas de la segunda parte del libro, no se puede menos que sentir ternura hacia el Raúl niño, leyendo Las mil y una noches escondido bajo la cama y declamando versos para las visitas; creciendo en un Cereté plácido y bucólico, nadando en el río Sinú, jugando a la peregrina (o rayuela), iniciándose en la zoofilia (práctica extendida y muy común en las zonas rurales de la costa atlántica colombiana consistente en que los chicos en edad púber y adolescente se inician sexualmente utilizando a la burras); observando a Lola Jattin (su madre) frente al espejo ponerse bella para atender a su marido; jugando al papá y a la mamá con amiguitas de ojos de gata y aprendiendo el noble arte de la siembra de la mano de su padre Joaquín. La niñez salvó a Raúl, y algo me dice que la única posibilidad real de salvación que tuvo, residía ahí, en esa parte de sí mismo que permaneció incólume en medio de toda la mierda en la que se revolcó hasta la saciedad en su vida adulta.


Se siente también una inmensa ternura, pero también un dolor infinito hacia sus padres, aterrados por ese hijo hermoso y precoz que se les parecía morir de asma, que gritaba ¡Me muero, mamá! ¡Me falta el aire! ¡No me dejes morir!; que educaron con esmero y con profunda fe y sacrificio (para sostenerlo en Bogota vendieron poco a poco tierras y propiedades) y que terminó siendo la vergüenza más grande de sus vidas. A su madre Lola, ya anciana y enferma , terminó golpeando y agrediendo. Ella dijo al final: "Ojalá tuviera el valor de mandar a matarlo y ahorrarme así la angustia de no saber qué suerte nefasta correrá cuando yo muera" (pág. 335).
Pobre Lola Jattin, calumniada en su juventud por las lenguas venenosas de esos pueblos malvados y retrógrados; despojada de hijos, familia y fortuna por un primer marido egoísta y codicioso, para al final de su vida, tener que huir de su propia casa y esconderse porque su adorado y consentido hijo menor (--Tú vas a ser mi orgullo, quien saque la cara por mí --le decía cuando niño) literalmente amenaza con matarla. Cuando piensen en Raúl, eleven una oración por ella, por la niña Lola, la primera y más inocente de sus víctimas.


III


Como metáfora de Los Hijos del Tiempo, descrito por Gómez Jattin como un libro dedicado a la muerte, en la que todos los personajes han matado, van a matar o van a morir (pág. 55), el libro de Fiorillo es la descripción detallada, metódica, reiterativa de una larga, angustiante agonía que se consuma con el cuerpo de Gómez Jattin reventado en el segundo carril de la Avenida Santander en Cartagena, desangrándose durante una hora en el asfalto, agonía que comenzó treinta años antes, cuando entra a la Universidad Externado y se inicia en el consumo compulsivo de marihuana, cocaína, bazuco y hongos. En el interregno, se nos muestra la potencia, el indiscutible talento de Raúl, tanto histriónico como literario, su creatividad, su inmensa cultura y sólida formación humanística, moldeada por su padre Joaquín; personalmente me identifico plenamente con su desparpajo, con la valentía y libertad de su palabra:


UN PROBABLE CONSTANTINO CAVAFIS A LOS 19


Esta noche asistirá a tres ceremonias peligrosas
El amor entre hombres
Fumar marihuana
Y escribir poemas


Mañana se levantará pasado el mediodía
Tendrá rotos los labios
Rojos los ojos
Y otro papel enemigo


Le dolerán los labios de haber besado tanto
Y le arderán los ojos como colillas encendidas
Y ese poema tampoco
Expresará su llanto


Me identifico también con él en la sensación de que escribir es una forma de vengarse, más doloroso aún para la víctima en proporción directa a su aparente inutilidad, así como al amante voluble y cobarde se le castiga con la alegría de quien sacude del polvo las sandalias, se suelta el cabello y sigue viviendo.


Prueba de la calidad de su histrionismo es la forma como engañaba a los médicos para que le dejaran salir de las clínicas, fingiéndose cuerdo. Es la forma como el público enloquecía con sus interpretaciones teatrales, incluso estuvo invitado a Europa con el grupo de teatro de Carlos José Reyes, pero una crisis generada por su drogadicción impidió que el viaje se concretara. Prueba de la calidad de su histrionismo es que siendo marica, enamoró a una enfermera cuarentona y la convenció de que lo ayudara a fugarse del manicomio. La droga no solo destruyó a un gran poeta, también a un extraordinario actor que le habría ofrecido grandes triunfos a este país, tan falto de cosas buenas.


IV


En la página 64 encontramos la publicación en primicia de un manuscrito inédito de Raúl llamado "Sobre las letras de Córdoba", escrito en 1987 y entregado a una amiga que pidió a Fiorillo la reserva de su nombre. Hasta ahí todo bien, pero sigue que la donante pide la reserva de los nombres de los escritores analizados por Raúl, y Fiorillo aceptó publicar el texto mutilándolo. Por un lado, da grima que Raúl haya tenido tan mala suerte, al confiar un texto así en manos de una mujer tan cobarde y con tan poca personalidad, pero más grima da que un periodista de los kilates de Fiorillo se haya prestado para ese juego grosero y tan común en nuestro medio de no pisarle la manguera a nadie influyente, incluso a los mediocres y culpables; con el agravante de que es una falta grave a los derechos de autor de Raúl. Se acepta eso cuando el autor está vivo y se le pide autorización, pero no si está muerto y no puede defender la integralidad de lo que ha escrito. El asunto me afecta especialmente pues soy de Cartagena, una ciudad en la que una agusanada, parásita e inútil aristocracia vive y se sostiene desde hace trescientos años, entre otras cosas, con la práctica reiterada del amiguismo, la mentira, el chantaje y la manipulación, y el "protégeme que yo te protegeré". La excusa que ofrece Fiorillo de que el valor conceptual de su contenido justificaba la publicación no es válida. Esto es un irrespeto para el lector. Nos queda la kafkiana tarea de dilucidar quiénes son "S", "G", "M" y "EP". Y bueno, en últimas, ¿Cuál es el temor de saber la opinión de Gómez Jattin sobre sus contemporáneos? ¿Es que acaso él es el Papa grande e irrefutable de la crítica literaria? ¿Qué validez tiene la opinión de alguien que califica de mediocre a Onetti (pág. 65) y de inteligente la literatura de Judith Porto de González (pág. 298)? ¡Por Dios! ¡Dejemos de lado ese güevón parroquianismo!


V


"Soy un aristócrata y los aristócratas comen y beben mejor" (pág 159). Estas palabras definen muy bien el arribismo de Raúl, un hombre que no laboraba (podemos en justicia, señalar tres brevísimos periodos: el tiempo que dictó clases en un colegio secundario de Cereté, el que dedicó al teatro y el breve tiempo que invirtió en escribir), que no fue responsable de sí mismo ni de nadie. Conservo la grabación de una entrevista realizada al poeta Pedro Blas en Cartagena poco después del accidente de Raúl, en la que denuncia el irrespeto de Raúl hacia todo el trabajo consistente y continuado de toda una generación de artistas cartageneros que calladamente estaban formando una obra responsable. Pedro sostiene que Raúl llegó como emperador a menospreciar e intratar a los artistas de clase media y baja de la ciudad, pero que se arrodillaba y lamboneaba y se dejaba lambonear por el "seudo señorío local" hambriento a su vez de codearse con un poeta. Recuerdo así mismo la conversación que sostuve con el poeta e investigador Jorge García Usta por los días en que a Raúl, un grupo de damas cartageneras le celebraron los cincuenta años con una fiesta de piñata en el Parque de Bellas Artes. Jorge me decía: "He estado en reuniones muy elegantes con Raúl, con gente muy bien de la ciudad, y nunca, nunca, lo vi enloquecerse en esas reuniones, nunca lo vi ofender ni agredir a nadie ¿Por qué no hace ahí lo que hace con los transeúntes que ataca impunemente en la calle? ¿O lo que hace con sus amigos y familiares? Esa celebración es una gran hipocresía". En este mismo sentido, el semiólogo e investigador Jorge Nieves apuntó en una conversación informal: "Dizque está loco, sí, cómo no, y todos los días lo veo comprando en Magali Paris, paga lo que tiene que pagar y no se deja brincar las vueltas, para eso sí está lúcido y vivo". Esto le da la razón al personal médico del hospital San Pablo cuando se negaron a atenderlo al final, pues entendían que lo suyo era "medio buscado" (pág. 289). Buscado, afirmo yo, hazte el loco y todos te mantienen, te consienten y te dan plata. Que era loco de verdad verdad por etapas, es cierto, innegable, indiscutible; decir lo contrario es un exabrupto, pero que también se hizo el loco para joder y manipular por pura "malditidad", también es innegable. El mismo lo admite: "En cambio a mí me toca hacerme el loco. Cuando estoy en la mala, me hago el loco, me arrebato, y los amigos me llevan a una clínica, me dan comida, me pagan un tratamiento, los médicos me regalan dinero, escribo un libro, me lo publican y lo vendo" (pág 290). Así, cualquiera.
VI


En la página 97, párrafo 5, se dice que Raúl "fue trasgresor, liberador, provocador y didáctico" . Las tres primeras cosas son ciertas, pero... ¿Didáctico? Debe ser que yo soy corta de entendimiento, pero juro que he leído el libro cinco veces y no le encuentro lo didáctico a Raúl por ninguna parte. No enseñó a hacer buenos poemas porque eso no se enseña, se tiene el don o no se tiene y punto. ¿Qué pudo haber enseñado Raúl? ¿A combatir el machismo? ¿Es Raúl el Florence Thomas de los maricas?


Se dice que Raúl era un espíritu de mujer atrapado en el cuerpo de un hombre. "Mi homosexualismo es una búsqueda. No tiene nada que ver con el afeminamiento. Lo cual no niega que dentro de todo homosexual inteligente pueda haber una gran mujer".


La mojigatería hay que acabarla, degollar todo ese machismo malvado que ha castrado tantas generaciones de hombres y mujeres cuya sexualidad e integralidad toda se han visto supeditadas a unas normas sociales, culturales y religiosas que dañan empequeñecen y coaccionan. Pero en mi opinión, Raúl, más que combatir, fortalece los estereotipos imperantes. Nos enseña que se puede culear impunemente a la sirvienta, como buen aristócrata; como amo que se respeta, comerse a la negrita disponible y gratuita que aguarda en la cocina:


La cocinera hace todo, se levanta la falda
y lo trepa a uno a su pubis, te pone las manos
en las nalgas y te culea en esa ciénaga insondable
de su torpe lujuria de ancha boca.


En el mundo jattiniano, sin embargo, la mujer no es un ser amado, amante ni digno de amor, respeto o consideración; es un objeto fetiche, desechable, que está por debajo de las burras y las mulas que tanto placer le dan:


Claro que la burra es lo máximo del sexo femenino,
pero la mula lo chupa y la yegua es de lo mejor


A ver, las mujeres, ¿qué opinan de esto? Ese silencio es lo más parecido a la complicidad, el que calla otorga.


Dice más adelante:


Todo ese sexo limpio y puro como el amor
entre el mundo y sí mismo. Ese culear con
todo lo hermosamente penetrable, ese metérselo
hasta a una mata de plátano, lo hace a uno
Gran culeador del universo todo culeado,
Recordando a Walt Whitman.


Hasta que termina uno por dárselo a otro varón
Por amor, Uno que lo tiene mas chiquito que el palomo.


Ese fragmento, por el contrario, es de una absoluta limpieza, de una sabiduría y de una belleza muy grandes, nos remite al maestro hindú Osho, cuando nos enseña que el sexo es absolutamente libre y natural, que en él no caben reglas, culpas, edades, normas, intereses, circunstancias, razones; que todo cuanto existe en el universo no es más que un dulce llamado a la cópula.


Otro hermoso verso citado por el libro dice:


En el cielo profundo de mis masturbaciones
ocupas ese ámbito de deseo irrefrenable y voraz
inagotable y tierno que te devora el sexo
aunque tú no lo sepas.


VII


El libro cuenta la siguiente anécdota, ocurrida en un Hospital psiquiátrico: a la hora del desayuno, Raúl no quiere probar bocado. Trujillo (el doctor encargado de su tratamiento) ordena que le pongan una camisa de fuerza. Dos enfermeros lo hacen. El psiquiatra les pide que tomen entonces los huevos, el pan, el café con leche, los revuelvan en una licuadora y le introduzcan el potaje resultante a Raúl, ano arriba, mediante una sonda. En este punto, el autor de la investigación debió haberse detenido a analizar y cuestionar lo atroz de la situación descrita. El potaje que le mandaron ano arriba a Raúl no lo alimentó. ¿Por qué torturarle de esa manera si ya estaba atado y sometido? ¿No era más humano, menos indigno, menos humillante, introducirle la sonda por la boca y alimentarlo como debe ser? Será --y esta es una suposición malvada-- que el psiquiatra con este acto de tortura castigó (subconscientemente, claro) la mariconería de Raúl? Esta reflexión trae a mi cabeza a la afamada y veterana actriz colombiana Margalida Castro, quien durante años estuvo en hospitales psiquiátricos, donde --según sus propias palabras-- fue sometida a inhumanos, crueles tratamientos. Escapó en compañía de quien posteriormente sería su marido y escribió el libro Camisa de fuerza, que en sus palabras, es una bomba contra los métodos de la psiquiatría en el país. Raúl era un paciente violento, difícil, astuto, traicionero, pero eso no justifica la crueldad del psiquiatra hacia él.


Sin embargo, es en el aspecto psiquiátrico donde, en mi punto de vista, se sitúa el principal aporte de la investigación, ya que esta perspectiva no había sido abordada por ningún autor más allá de la mera anécdota. Fiorillo realiza en compañía de los médicos de Raúl un análisis concienzudo de su drama, su enfermedad, su Edipo, llevado a extremos patológicos:


"Erotismo es recordar las perfectas piernas y los senos erectos de mi madre, que me amamantaron, de mi madre, hasta su última vejez" (pág 54).


Raúl hace una sobreidentidad de su mamá Lola Jattin. Cuando él entraba en confianza y se daba algunas libertades entre los amigos, imitaba a una mujer, molestaba y hacía mímicas parecidas a las de Lola" (pág. 332).


Salía de mujer a la calle, y cuando se vestía de mujer se presentaba a sí mismo como Lola Jattin. Se reconciliaba, en cuerpo e imagen, con su madre. "Mi mamá era bonita. Yo saque sus piernas" y las mostraba (pag. 274) .


¿No les recuerda a Psicosis, de Hitchcock? Nada más le hizo falta el hacha.


Otro mérito plausible del libro tiene que ver con los dos capítulos finales, en francés e inglés, con lo que se busca difundir el trabajo de Raúl en esos idiomas. En su libro anterior, La Cueva, Fiorillo reservó para el final una traducción resumida del contenido del libro, lo que considero un acierto y algo que otros autores e investigadores deberían emular.


VII


Pese a los puntos señalados sobre lo que a mi juicio son desaciertos, me gusta del libro el que está hecho con buena fe y con admiración sincera hacia Raúl y hacia su obra. Le escuché a alguien decir que el libro no es más que un anecdotario ilustrado de chismes y consejas de comadres. Esa es una visión simplista, pues Fiorillo utilizó profusamente los testimonios de amigos y enemigos de Raúl (que los tuvo, solo que mágicamente cambiaron de bando tras su muerte), pero también echó mano de toda la información que tuvo a su alcance, por todos los medios disponibles. Este libro es el primer trabajo investigativo de gran envergadura publicado sobre la vida y obra de Gómez Jattin, lo que lo convierte en un material de consulta permanente. A la larga, cada quien vive y asume cada autor a su manera y este trabajo permite esas múltiples lecturas.


Al final queda la poesía. Me remito al poeta Jhon Junieles cuando dice: la farándula se va, la vida social se va, la fama se va, el trabajo queda. Y de Raúl, más que su vida miserable, quedaron, en mi opinión, quince poemas hermosos, perfectos e iluminados. Invito a amar lo bueno que nos dejó y a colocar en su justa posición al personaje, invito a no seguir alimentando (y de esta manera invitar a imitar) el mito de su pesadillesca existencia. Invito a hacerle caso a él mismo cuando pide: "Los poetas amor mío son para leerlos/ Léelos mas no hagas caso a lo que hagan con sus vidas".


The End


Descansa en paz Raúl, gracias por la buena poesía que nos legaste; "construiste --como lo mas valioso después de ella-- un fracaso a la medida de tu orgullo, de tus versos, de tu locura", descansa de ti mismo y de nosotros, así como nosotros descansamos (con inmenso alivio) de ti, donde quiera que estés.


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posted by Erre Be | 11/05/2003 12:56:00 a. m.
 

2 Poemas de Raúl Gómez Jattin

Despertarse súbitamente al filo de la madrugada
y sentir al diablo en un rincón del cuarto
Erizarse de los vellos de brazos y piernas
de auténtico pavor
Oír en medio del cerebro:
"Somos los brujos negros Estás embrujado"
Oír a los brujos blancos: "Aféitate
las cejas el bigote y el cráneo
Apúrate No hay tiempo sólo
unos minutos para hacerlo"




El que no entendió nunca




Fuiste un testigo indolente
ni comprendiste
Ni a ayudaste a la víctima

Fuiste un cómplice de la perfidia y la ignorancia
Tácitamente aceptaste
que aquel hombre no valía la pena

Cuando lo llevaban al matadero
estabas cerca de él
y sólo miradas de rencor le prodigaste

Cuando te preguntaron
si aquel amigo que aparecía en sus poemas eras tú
lo negaste airado

¿Hoy que vives entre cosas cotidianas
te olvidas de aquella época ilustre
cuando a tus pies tuviste la poesía?


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posted by Erre Be | 11/05/2003 12:43:00 a. m.


viernes, septiembre 19, 2003  

EL PERIODISMO EXPLICADO A LOS NIÑOS


"El periodismo consiste esencialmente en decir "Lord Jones ha muerto" a gente que no sabía que lord Jones estaba vivo."



Gilbert Keith Chesterton


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posted by Erre Be | 9/19/2003 12:42:00 p. m.


jueves, septiembre 18, 2003  

¡Baja de este auto: eres demasiado cautivante!


1. ¡Y vete, eres demasiado enamorable!

¡Y vete, eres demasiado enamorable!
Eres demasiada seda para este plástico roto,
demasiadas esmeraldas, hebillas con jabalíes,
y cuando al pestañear te acaricias la mirada
yo Ravenna y Pisa en un asiento
no sé de dónde comenzar a admirarlas,
ni sé conducir con un Tiziano al lado
que de reojo y lejos entre arbolitos
muestra como un secreto un agua azul
pero de un azul que no es más que una idea,
la idea del fondo que está más allá del fondo
de un laberinto como tú de belleza,
que del marfil te lleva a las perlas
y de las perlas a la espuma del mar
y de la espuma del mar... ¡Baja de este auto
eres demasiado cautivante!


3. ¡Cómo enriqueces, cómo me enriqueces!

¡Cómo enriqueces, cómo me enriqueces!
Estaban algunos de los más ricos de Italia
y yo dije, "estoy a su servicio‡",
y pensaron "es más rico que nosotros‡".
Olimpia albergó al más grande de los dioses,
Efeso a Artemisa criselefantina,
yo tengo un teléfono y llamo a este número
y tu contestas y dices "soy yo‡".


5. Sea como sea, este mundo es para ti

Sea como sea, este mundo es para ti.
Me he preguntado muhas veces
para qué servía, y no servía para nada,
pero ahora gracias a ti se vuelve útil.
Haz la cuenta de la mercadería abandonada
por Dios y tómala, la han hecho para ti
milenios de hombres que no te conocían
pero que trataban de prefigurar
en templos y tumbas de roca y bibliotecas
un estupor como aquel que infundes
cuando sonríes y haces detener el tiempo
y todos enmudecen poseídos
y te levantas y dices, "yo me voy a la cama‡".
Duerme, al despertarte estará allí tu herencia:
una ciudad que fue harto famosa,
un río sucio cantado por los poetas,
el cine donde asesinaron a Julio César;
y en torno valles, montañas, mares, océanos,
y capitales, y continentes y selvas,
y pirámides, y versos, y adoradores
de tu forma externa o interna
y en lo alto el cielo y el sol y las estrellas y la luna
y sobre la tierra los animales obedientes
a ti que a fin de cuentas vienes a justificar
su extraordinaria variedad.
Es todo tuyo y no termina nunca.


7. Cuando tú, mi poesía, lees poesía

Cuando tú, mi poesía, lees poesía,
el cielo se oscurece con una luz verde,
la gente huye de la orilla del mar
por un presentimiento remoto de tormenta
o de contraste entre los elementos,
llamaradas se enarbolan sobre los cables de los tranvías,
y un gran silencio cae sobre la ciudad:
es la poesía que se contempla a sí misma.
Lees palabras de un tiempo olvidado,
de un presente que se derrumba sin tregua
velozmente en el deforme pasado,
lees acerca de un rey y coronas, jardines y guerras,
tú que eres la corona de cada imperio
y el jardín del mundo conocido
y la guerra de los sentidos de la naturaleza,
lees, "¿quién creerá mis versos en el futuro
si digo ahora todo lo que vales?‡"
y sucede en aquel momento que esos versos
como una flecha lanzada en los siglos
alcanzan a quien un día los ha inspirado.
Y entonces la oscuridad verde se hace total,
la gente se oculta, abrumada,
y en un silencio como de terremoto
se alza la luna sobre los "Castillos Romanos‡"
y lentamente vuelve todo al azul,
mientras tú, mi poesía, lees poesía.


8. No digo ven conmigo, digo llévame

No digo ven conmigo, digo llévame.
Ante de un Santo o una Virgen ¿quién
diría, "ven, vamos a Túnez‡"?
Pero si la imagen saliera a dar vueltas
¿quién no querría acompañarla, quién?
A treinta metros veo muy bien,
quisiera seguirte siempre a treinta metros,
y a veces, cerca de un río o de una fuente,
acercarme a tanta irradiación,
si duermes, si reposas, si sonríes,
para después a la noche encerrarme en la sombra
y comprobar que brillo también por mí mismo
y que más allá del grabador
con la cinta con tu voz registrada
se adensan apariencias luminosas
que en otros tiempos se llamaban ángeles,
formas suspendidas, espíritus aprendices
que de ti quieren en aquellos raros parajes
aprender pureza y ternura,
recato, verdad y otras artes angelicales
jamás vistas juntas, ni en aquellos lugares ni en otros
o como se somete una nación
simplemente bajando los párpados.


10. Yo en el '57 oí decir

Yo en el '57 oí decir,
que una estrella había salido de alguna parte
y se movía, y venía hacia Roma,
seguida de meteoros luminosos
y grandes disturbios en las comunicaciones
y en la Antártica auroras boreales
y migraciones insólitas de flamencos,
islas que aparecían en pleno Atlántico
ya provistas de palmeras y hormigueros,
y pequeños volcanes casi festivos.
Roma distraída pensaba en otra cosa:
cómo llenar los últimos espacios abiertos
de automóviles Fiat o de otra marca
joyas de la industria nacional;
la historia de la estrella era sospechosa,
a lo mejor inventada por las agencias de noticias,
y de todas formas no era la primera vez,
o mejor, se habían visto ya demasiadas
de estas estrellas caídas después en el olvido.
Pero de noche yo la miraba allá arriba,
en medio de un crujido de álamos americanos
en silencio de los campos infinitos,
y consultaba publicaciones científicas,
estaba seguro de que había nacido un prodigio
más grande que cualquier prodigio conocido,
compré el pasaje, entonces, y vine aquí,
y de verdad en el aire había algo
conmovedor infinitamente
algo que decía que esperara.
Y cuando Roma al fin estuvo abarrotada
de autos de todas marcas te encontré.


JUAN RODOLFO WILCOCK

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posted by Erre Be | 9/18/2003 12:39:00 p. m.


sábado, septiembre 13, 2003  

JUAN R. WILCOCK, LEJOS DEL SUR

La patria de los universales

Llevaba largos capotes de segunda mano y zapatillas de tenis, que le daban un paso ondulante. Solía revolver la basura en la vía appia durante sus paseos, sostiene un amigo romano, pero aun siempre tenía aires de rey. Testimonios personales sobre el autor de "El caos". En su periplo italiano, entre 1955 y 1978.


por MATILDE SANCHEZ


Nació en Buenos Aires el 17 de abril de 1919, de padre inglés y madre de origen italiano. Esta circunstancia, habitual como patrón de una familia argentina de la época, tendría un desenlace paradójico para la utopía del crisol cosmopolita. ¿A qué tradición atribuir una obra escrita mitad en castellano y mitad en italiano? Una autora bilingüe como Sylvia Molloy, por ejemplo, señala que se ha subestimado la importancia de esta triple tradición —italiana, inglesa y argentina— en la obra de Wilcock. Pero ¿hasta qué punto esta pregunta no pertenece a un pasado de la literatura? Su riquísima obra, hecha de narrativa fantástica, poesía, teatro y una sustancial contribución a los géneros periodísticos, no recogida en libro hasta hoy, encarna como pocas el triunfo de "lo universal literario": la aspiración de las formas a atravesar lenguas y tradiciones. En verdad, la globalización ha traído de regreso lo local y revalidado las credenciales del testimonio. Pero en los 60, él era un cruzado de la ficción. Podemos pensar que en la ficción, perfectamente traducible, encontró una idea de patria sin naciones.

La vida de Wilcock y el circuito de su obra son complejos: este intento de atrapar el período italiano sigue sobre todo una larga charla, en Roma en marzo de este año, con su amigo Elio Pecora, autor de la novela Estate, en la que Wilcock aparece como personaje. También han contribuido el traductor Ernesto Montequin, apoderado de su obra, y los valiosos artículos de Segnali sul nulla, que en 2002 editó el Instituto de la Enciclopedia Treccani (pág. 3).

En octubre saldrá en Emecé La boda de Hitler y María Antonieta en el infierno y en mayo El templo etrusco, en Sudamericana. Sólo quedará un libro inédito para completar el ciclo narrativo en italiano —Frau Teleprocu, al igual que La boda escrito junto con Francesco Fantasia—. Pero, cuando ya nada asombra, sigue siendo sorprendente que aún quede por editar el teatro en italiano (La abominable mujer de las nieves, entre otras, fue estrenada en el Teatro Argentina de Roma). Y la poesía de La palabra muerte, y las recogidas en Poesie, en Adelphi, y los poemas de amor de Italienisches Liederbuch (que ofrecemos en la contratapa, en la traducción del poeta Guillermo Piro; su dossier en Diario de poesía, en 1995, documenta todas las ediciones.). Más todo lo publicado aquí antes de partir.

Existe en Italia una especie de amnesia de Wilcock, a pesar de que sus libros —los cuentos de El estereoscopio de los solitarios, El libro de los monstruos y La sinagoga de los iconoclastas, sus obras teatrales— llamaron mucho la atención cuando salieron. Esta narrativa, que por comodidad llamamos fantástica, en realidad trabaja en el borde del absurdo pero a través de una prosa tersa y sin sobresaltos, casi naturalista.

El estilo Wilcock, pese al olvido, ha tenido una influencia tangible en autores italianos no realistas de los 90, como Gianni Celatti y Ermanno Cavazzoni. ("Es verdad. Pero es por lo mucho que le deben que nunca lo nombran", comentará Pecora en nuestra larga entrevista.)

Siendo muy joven, Wilcock abandonó su carrera de ingeniero en favor de la literatura. Mientras vivía en Buenos Aires, tradujo a Franz Kafka del alemán (La condena, Diarios y Cartas a Milena). Y del inglés a E.M. Forster, Graham Greene (El poder y la gloria y El revés de la trama, entre otros), además de los Cuatro cuartetos de T.S.Eliot. La revista Sur publicó unos veinte artículos suyos.

Repelido por el peronismo de los años 50, el joven flacucho y de atildado bigote —arrodillado, en la carpa marplatense de su amiga Silvina Ocampo—, partió en un primer viaje a Inglaterra. Viviría allí un par de años.

En unas deliciosas cartas privadas a su amigo Miguel Murmis, despachadas entre el 52 y 54, testimonia su desprecio por Londres, esa ciudad de brutos donde solo él y cierto inglés han oído hablar de "uno de los cuatro o cinco mejores escritores del mundo" —en alusión a Jorge L. Borges—. En carta del 20 de febrero del 54 confirma: "creo que no hay una sola cosa que me guste de este país, salvo el hecho de ganar más dinero que en Buenos Aires, pero ¿de qué sirve el dinero en este agujero de barbarie?" (retraduzco al castellano fragmentos de estas cartas incluidas en el mencionado tomo de la Treccani. No es esta la primera retraducción de Wilcock: algunos poemas escritos en castellano y volcados por él al italiano fueron retraducidos debido a un error o por la dispersión de su legado).

Wilcock regresó de Londres con plata pero volvió a partir en 1955, a Roma. "Fue en ese viaje que conoció a Pier Paolo Pasolini —dice Montequin, quien desde hace años reúne material para una biografía. "Lo que le gustó de Roma era esa mezcla, la elegancia de los palacios renacentistas y la sordidez de la terminal de trenes." Las afueras todavía hendían la ciudad sin turistas.

Aliviado por el triunfo de la Libertadora, regresa brevemente a Buenos Aires. Desde aquí envía sus primeros despachos a la revista Tempo presente bajo el título "Lettere da Buenos Aires". Más tarde, de vuelta en Roma, se encargaría de reseñar publicaciones inglesas y comentar noticias científicas. En efecto, los relatos que componen Hechos inquietantes son parodias periodísticas en las que, como en los diarios, se asiste a un simulacro de transmisión codificado al detalle y, sin embargo, de un acabado nonsense. En cuanto a la revista Tempo, publicaba a los filósofos y grandes formadores de opinión, como Isaiah Berlin, Hanna Arendt. Dirigida por Ignazio Silone, una figura de la resistencia italiana que se había pasado a la derecha, Tempo participaba del programa de medios financiados de manera encubierta por la CIA en el marco de la guerra fría cultural, al igual que Encounter y, en castellano, Cuadernos y Mundo Nuevo. Wilcock traduciría de Silone la novela El secreto de Luca.

El editor Antonio Pellicani evocó en Roma a este Wilcock desconocido, "un valiente vocero del anticomunismo; de hecho, creo que el olvido que cayó sobre su literatura en Italia se debe a sus posiciones políticas atípicas, ya que era un intelectual que no se dejaba influir por la propaganda comunista ni por la cultura de izquierda, que era dominante y muy autoritaria en los 60".

¿Por qué volvió a irse de Buenos Aires, tan enigmáticamente que ni siquiera se sabe con certeza la fecha? Elio, el amigo romano, siempre pensó que buscaba poner distancia de la influencia paralizante de Borges. En cuanto a la hipótesis de un delito mayor cometido contra un menor —en Mar del Plata, de donde Silvina habría ayudado a eyectarlo sin dejar huellas—, Pecora no sabe ni oyó hablar. Su biógrafo la desmiente.

1957 lo encuentra establecido en Demetriade, una calle de las afueras. Participa de la vida cultural romana, y con gran eclat. Escribe a Murmis el 30 de noviembre: "Veo la Argentina como una inmensa traducción; aquí, en cambio, me traducen a mí". El filósofo Giorgio Agamben, a quien consultamos en Roma, sonríe al oir el nombre de Wilcock: "Fue el primer 'gran escritor' a quien conocí en persona. Y todo en él indicaba que lo era. Un tipo de intelectual poco habitual para la Roma de entonces; era insólito y cultísimo. Hablaba a la perfección cuatro lenguas mientras que nosotros éramos monolingües. Además tenía conocimientos muy diversos, era extremadamente irónico".

El filósofo, durante largos años un militante de la izquierda radical italiana, recuerda que entre los muchos prestigios de Wilcock estaba el de darle a Alberto Moravia clases sobre Wittgenstein, por entonces apenas difundido en Italia. ("Más que cursos, era un evangelista de Wittgenstein", dice Montequin, y agrega que pese a los rumores de que lo había conocido en Londres, las fechas de ambos no coinciden.) En los 60, la adscripción inorgánica, individualista, en la derecha conservadora tampoco trabó la amistad con Pasolini. En 1964 Wilcock interpretó a Caifás en El Evangelio según san Mateo, en el que tambien participaron la poeta Natalia Guinzburg (como María de Betania) y un joven Agamben, como Filippo.

Participante de una pequeña elite de intelectuales muy variados, tenía una fluida relación con las editoriales Bompiani y Einaudi. Luego se convertiría en un traductor estrella de Adelphi. La amistad con su director, el ensayista Roberto Calasso, sería una de las pocas que mantendría hasta su muerte. Fue por la gestión de Calasso que los restos de Wilcock se encuentran hoy en el Cementerio no católico de Roma. Wilcock fue la voz italiana de la poesía de Samuel Beckett, Borges y James Joyce; tradujo el teatro completo de Jean Genet (con el poeta Giorgio Caproni) y el del clásico inglés Christopher Marlowe, además de Ricardo III de Shakespeare.

Más allá de sus columnas en La voce repubblicana y las reseñas teatrales de L'Espresso, colaboró en cantidad de revistas —en Botteghe oscure, que dirigía Giorgio Bassani, en Il punto, como corresponsal del diario uruguayo Marcha. También enviaba epigramas literarios a Il café, otra revista satírica que dirigía Gianbattista Viccari, un intelectual que se escribía con Ezra Pound.

Elio Pecora, uno de sus más cercanos amigos, cuenta que lo conoció cuando vivía en Demetriade, al fondo de la via Appia, cerca del barrio de los gitanos. "El fue uno de los dos reyes que conocí en mi vida —dice—. Lucía como un rey incluso como lo vi cierta vez, sentado en un sillón vetusto que habíamos encontrado juntos entre la basura y cubierto con un cuero de oveja." Un rey lejos del sur, aunque cuando los Bioy lo invitaban a comer, él insistía en hacerlo en la cocina porque, a diferencia de los dueños de casa, se sabía plebeyo.

Pero tampoco estaba a gusto en Roma. En cartas personales la describe como una ciudad apocalíptica. Lo que más resiente es el comunismo —revela Montequin—. En carta a Bioy, tras el triunfo de Fidel Castro, se pregunta si al Che los italianos lo llamarán el Qué Guevara".

Cuando su economía lo permitió, se fue a vivir a Velletri. A pedido de su amigo, Elio vivió cinco meses allí: "Tenía un acuerdo con los viejos dueños de la casa, unos campesinos a quienes les permitió vivir un tiempo en la parte delantera. El se construyó un cubo atrás. Fue ahí donde escribió los cuentos de El caos". Wilcock se ocupaba de hacer el lugar agradable. Compró mosaicos de colores y los combinó en el piso. También hizo un jardín agreste con rosas chinas y hemerocalis. Elio cree que era un auténtico personaje pasoliniano; indefenso y a la vez capaz de crueldades graves.

En su vibrante "Retrato", incluido en Segnali sul nulla, el amigo recuerda a Puglia, una perrita que recogió de la playa. Y luego de ésta, al lanudo pastore maremmano que lo seguiría hasta Lubriano, su próxima casa. De este perro, envenenado en 1976, diría su amo: "Fue la persona que más me quiso".

Si uno llama hoy a la casa de Lubriano, responde el contestador de Livio Bacchi Wilcock, ahijado legal del escritor. Uno llama a medianoche, a las tres, las cinco de la madrugada, y puede dar ocupado durante largo rato. Pero si uno insiste, después nadie atiende. Livio era huérfano de padre y su madre consintió la adopción siendo éste muy joven: en 1978 se convirtió en su heredero.

El escritor siempre usaba largos capotes ingleses de segunda mano, y zapatillas "que le daban un andar ondulante". Invertía largas horas en el teléfono, comentando sobre la política, que seguía a diario, o la salud de sus ovejas, "que había comprado en sociedad con un personaje kafkiano, un empleado de la Banca di Roma a quien Juan dominaba por completo —continúa Elio—. Recuerdo que la primera esquila de las ovejas se les pudrió por completo dentro de un galpón".

A ese rey sudamericano que se había hecho tan amigo de Elsa Morante, la mujer de Moravia (a quien retrató sin pena como "la mujer del monstruo" en un cuento de El estereoscopio de los solitarios), le gustaba sin embargo caminar en la via Appia y mirar en la basura por ver si encontraba algo valioso.

Según Tonino Pellicani (quien falleció poco después de nuestra charla), Wilcock era "un anarco de derecha, un no alineado en tiempos de una polarización inescapable". Pero el olvido fue, ante todo, por veneno literario. Altivo, brillante, entre el silencio y la verborragia, se había hecho odiar. En un artículo se había burlado de la plana mayor de la poesía italiana, de Eugenio Montale y de Ungaretti. También había criticado ciertas traducciones de Shakespeare. Es famoso que murió derrumbado de un síncope en la casa de Lubriano, con el frasco de píldoras para el corazón en un puño. Un rey o un homeless, lejos del sur.

posted by Erre Be | 9/13/2003 01:51:00 p. m.
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